domingo, 14 de enero de 2018





BARRIO VIEJO


Nos dijeron que no era nueva,
que no era para nosotros,
que la ciudad ya existía desde mucho antes.
Mentían.

La ciudad era nueva.
La ciudad era nuestra.
Fabuloso escenario
de un amor no declarado.

Una palabra de más

podía romperlo todo.









(fotos del autor)



viernes, 28 de octubre de 2016








SU MAYOR VERGÜENZA






Cuando la cinta se rompió suavemente y los vecinos congregados empezaron a aplaudir, Alvarado Fernández pensó que le había ganado la partida al cura. El pueblo por fin disponía de un cementerio civil. Un cementerio construido por y para los vecinos, un cementerio donde las familias podían enterrar a sus difuntos sin el oprobio de tener que pagar de un modo abusivo por los nichos. Un cementerio donde…
(Como buen orador, Alvarado Fernández preparó un gran discurso para aquella tarde, y los vecinos no dejaron de aplaudir y luego se marcharon tranquilamente a sus casas.)
Al final en el cementerio sólo quedaron el alcalde y el nuevo enterrador. Se miraron un momento en silencio, y el alcalde, eufórico, exclamó:
–¡Tu primo se va a quedar sin trabajo!
El alcalde se refería al viejo enterrador, el que continuaba trabajando en el cementerio parroquial, que curiosamente era primo del enterrador del nuevo cementerio.
Al alcalde le hubiera gustado que su empleado le diera la razón, pero el enterrador no respondió nada. Se limitó a bajar al cabeza y encender un pitillo.

Mientras volvía a su casa, Alvarado Fernández pensó en su padre. Además de su nombre y su apellido, Alvarado Fernández hijo había heredado de su padre su ideología política. Ahora podía por fin doblar los papeles del discurso y respirar satisfecho. Aquel cementerio había costado mucho. Para sus conciudadanos tal vez supusiera una sustancial mejora en su pecunio, pero para él era mucho más: era una cuestión de honor. En su cementerio, el cementerio del pueblo, todo el mundo tendría cabida. Los pobres suicidas no serían enterrados fuera, junto al muro, sin nicho, sin lapida, sin flores, sólo con una sencilla cruz en el suelo, tal y como los sucesivos curas habían obligado a hacer hasta ahora. Y los fusilados en la guerra tendrían un sitio de honor. (El alcalde pensaba hablar con sus familias. “Se acabaron las humillaciones”, les iba a decir. “Mataron a vuestros hijos y maridos y vosotros tuvisteis que suplicar para que os permitieran enterrarlos. Pero ahora se hará justicia…”, y al pensar esto el alcalde recordaba a su padre, que no murió en la guerra pero se pasó quince años en la cárcel.)
–Le he ganado la partida  –le digo el alcalde a su mujer. No le he quemado su iglesia, pero se acabaron sus abusos…
Y el alcalde pensó de nuevo en su padre, que había visto arder muchas iglesias y pese a todo era un hombre pacifico, que pensaba que con las palabras se conseguía más que con la violencia y desde la cárcel había animado a su hijo a lo largo de toda su carrera política. “Mi padre estaría orgulloso de mí”, pensó satisfecho. Aquel era un de los días más importantes de su vida.
–Las cosas van a empezar a cambiar… –sentenció.

Pasaron los años. El pueblo olvidó el nuevo cementerio. Las viudas continuaban visitando a sus difuntos como siempre. Y cuando les llegaba la hora pedían ser enterradas en el antiguo cementerio, el de toda la vida, a poder ser al lado de sus esposos. Y continuaban pagando el precio que marcaba el cura.
Alvarado Fernández estaba desesperado. 
–¿Cómo pueden pagar tanto por algo que pueden tener gratis? –le preguntaba a su mujer.
Lo cierto es que el cementerio civil estaba vacío. El alcalde había ofrecido trasladar sin coste alguno los restos de los difuntos de las familias que lo pidieran, pero nadie en el pueblo había formulado jamás petición alguna. Ni siquiera las familias de los fusilados, a las que tanto se las había humillado en el pasado, habían querido desenterrar a sus muertos para trasladarlos al vistoso mausoleo que el alcalde había construido para ellos.
La situación era tan grave que el alcalde se vio obligado a despedir al enterrador.
–El problema, señor alcalde, es que no está bendecido. Nadie vendrá a enterrarse hasta que el cura lo bendiga.
De pronto, el nuevo enterrador, un hombre taciturno por lo general, había roto su silencio y le había dado la solución.
Pero el alcalde no estaba dispuesto a hablar con el cura. El enterrador le dio las buenas tardes y se despidió.
El alcalde sabía que aquel hombre taciturno pero valiente iba a ponerse a trabajar con su primo. Al final el cura le estaba ganando la partida.
Las cosas siguieron como estaban. Hasta que ocurrió algo inesperado. El pobre alcalde se puso enfermo y se murió. Fue visto y no visto, una enfermedad muy rápida, casi ni se enterró de que se iba a morir.
Pero no tan rápida como él quisiera.
Aún le dio tiempo a ver entrar a el cura por la puerta de la habitación.
–¿Pero qué…?
Tenía la boca seca. Intentaba hablar y las palabras le abrasaban la lengua. El cura se dispuso a iniciar el rito de la extremaunción. El alcalde pido un papel y logro garabatear una frase. Después, por señas, logró que el papel llegara a las manos del cura.
En el papel ponía: “La religión es el opio del pueblo”.
El cura lo leyó y sonrió.
El alcalde fue enterrado en el cementerio parroquial. Su mujer pagó religiosamente el nicho.


(relato incluido en el libro "La vida mientras tanto", editorial Groenlandia)








martes, 8 de marzo de 2016












UNA HISTORIA MODERNA







Coincidimos en el rellano y los dos nos llevamos un pequeño susto. Él encendió la luz y yo llamé el ascensor. Bajamos juntos en silencio. Después salimos juntos a la calle. Creo que él llegó a balbucear un “Buenos días” apagado y casi inteligible. Yo no dije ni mu. Uno no tiene ganas de hablar a las seis de la mañana.
Curiosamente volvimos a coincidir por la tarde. Esperamos el ascensor y subimos juntos. Tampoco hablamos mucho, pero recuerdo que cuando me vio dijo: “Ya queda menos”, y a mí no me gustó su tono: un tono alegre, un tono que juzgué demasiado alegre (aunque sonreí con condescendencia, por supuesto); y tampoco entendí a qué se refería. ¿Para qué quedaba menos? ¿Para las vacaciones? ¿Para la tumba? ¿Para el partido del domingo? De todas formas la frase se quedó grabada en mi mente sin poderlo evitar. Y me la repetí varias veces hasta que mirando el calendario, de repente, di un salto de alegría. Me pareció que él, sin querer, me había dado una gran noticia: aquella era la última semana que tenía turno de mañana. Yo sabía lo que aquello significaba… Lo que no entendí es cómo se me podía haber pasado por alto… ¡Algo como eso! Yo siempre estaba al tanto de sus horarios. Y siempre esperaba con impaciencia o con resignación sus cambios de turno.
Estábamos a miércoles. Lo primero que hice cuando me levanté al día siguiente fue enviar un e-mail a Noelia. Se lo envié desde mi despacho, aprovechado la pausa del almuerzo. Ella me contestó a las dos y media, aprovechando su hora de comida. El e-mail era muy corto: “Sí. Ten paciencia”. Sólo eso. Pero confirmaba lo que yo pensaba. Y además Noelia había tenido el detalle de incluir un archivo adjunto con dos fotografías suyas. En la primera se veían sus piernas, sus piernas desde los muslos hasta los pies. Llevaba unos zapatos negros de tacón y unas medias finas también negras. Noelia tenía unas piernas largas y delgadas y unos pies pequeños y elegantes. Estaba sentada en su silla de trabajo, junto a su escritorio. Esa foto no estaba mal, pero la segunda era mejor. Era un primer plano de sus pechos. No estaban al aire, sino tapados por una camisa a rayas. Pero pese a la gruesa tela de la camisa se veía claramente que no llevaba sujetador. Se lo debía haber quitado para hacerse la foto. Y debía haber hecho algo más. Sus pezones estaban duros. Se incrustaban en la tela como si quisieran traspasarla. Era evidente que había estado tocándose. Me la imaginé sentada en el retrete, con las bragas por los tobillos y una mano sosteniendo el móvil mientras la otra se sumergía en esa selva espesa bajo la cual yacían todas mis esperanzas de felicidad. Aquello era un mal augurio y un buen preámbulo. Se avecinaban días horribles y maravillosos. Días de deseo ardiente y de infernal tormento. Yo estaba ansioso y nervioso. No sabía que hacer para distraerme.
Por fin llegó el lunes y no pude menos que darle las gracias por las fotos. Ella no solía enviarme muchas fotos últimamente. Tenía miedo de que alguien pudiera abrir sus correos. Se contaban historias de jefes que espiaban a sus trabajadores y ella había cogido miedo. Antes me enviaba unas fotos increíbles. Ahora se mostraba más recatada, pero, de todas maneras,  aquello era muy peligroso.
La semana empezó bien. El lunes fue un buen día. Tuvimos tiempo suficiente. Ella había dejado un body y dos faldas en el tendedero de la terraza, además de una buena provisión de bragas. Cuando llegué a casa ella aún no había vuelto del trabajo y pude vestirme tranquilamente. Y aún tuve tiempo de ver algunas galerías de fotos, preparar varios videos y leer un par de historias morbosas en uno de mis foros preferidos. Después ella entró silenciosamente y se preparó en el pasillo. Fue un buen día, ya lo digo. Yo no sabía que iba a darme una sorpresa. Algunas veces lo he sospechado por algún pequeño indicio. La cantidad o el tipo de ropas del tendero, o un extraño retraso injustificado, me han puesto sobre aviso. Pero aquel día no me percaté de nada raro y por tanto la sorpresa fue mayor.
Entró en el despacho vestida de policía (ella me confesó luego que era un disfraz de carnaval, tomado prestado de una amiga). Apareció de repente. Dando un golpe a la puerta. Me llevé un buen susto. Mi cuerpo dio un salto y la silla se balanceó por un instante de un modo tan inesperado que casi se vence hacia atrás. Aquello debió divertirle mucho, pero no perdió su aplomo. Ni quisiera dejó escapar una pequeña carcajada. Mientras entraba había gritado: “Arriba las manos”, y mientras avanzaba hacia mí me apuntaba con una pistola de juguete.  La pistola parecía auténtica, hay que decirlo. Y ella era muy buena actriz… Su aspecto era realmente el aspecto de un policía en plena misión. Yo estaba desconcertado. Desconcertado por sus apariencia y, sobretodo, desconcertado por sus palabras. Por su voz… Llevaba tanto tiempo sin escuchar su voz que me costó reconocerla. Había olvidado que tenía una voz preciosa. Ella podía permitirse el lujo de hablar porque aquello era un simple juego. Pero yo comprendí que renunciar a su voz había sido un error. Al margen de esto ella estuvo espléndida. Lejos de tener bastante con su aparición (fue lo que se dice una aparición estelar), se sacó del bolsillo unas esposas y me esposó a la cama. Eran unas esposas auténticas, compradas en un sex shop para la ocasión. Ni que decir tiene que nos olvidamos del ordenador. Antes de irse me dejó jugar a mí con las esposas. Se rió al descubrir que yo llevaba sus bragas rojas de encaje (“Sabía que elegirías esas”, murmuro.) y yo me reí cuando ella sacó un pequeño tarro de vaselina justo en el momento en que yo iba a buscarla en mi cómoda. Fue una maravillosa manera de empezar un cambio de turno.
Quizá por eso, por contraste, el martes fue un día verdaderamente horrible. Lo cierto es que se juntó todo. El director de la sección de tratamiento estadístico de datos me pidió un informe a última hora y eso me hizo perder un tiempo de oro. Cuando llegué a la autovía era hora punta y me pilló de lleno el atasco. No llegué a casa hasta casi las nueve y no tuvimos tiempo para nada. Ni siquiera pude cambiarme. Noelia ya estaba a punto de marcharse cuando yo entré.
–Déjame dos minutos –le pedí.
Me fui directo al ordenador. Busqué una de mis páginas comodín. Habían pocos videos nuevos y no parecían demasiado interesantes. Pero no tenía tiempo para ponerme a buscar en otros sitios. A mí me gusta variar, buscar cosas nuevas, ver lo que son capaces de hacer algunos (y lo que se atreven a enseñar). Pero a veces esos rastreos se hacen muy largos. O el servidor falla o no encuentro la palabra clave adecuada. O simplemente busco por donde no debo. Normalmente Noelia es paciente. No suele protestar. Pero yo sé cuando tiene prisa y intento ser rápido. No quiero meterla en un lío.
Comprendí que aquel no iba a ser un gran día. Las páginas comodín son las mejores para días así. No son nada especial, pero tienen muchos videos y fotos. Entré en la sección Voyeur y seleccioné un video de una pareja follando en el balcón de un hotel. No era un video nuevo. Ya lo había visto varias veces y por eso mismo sabía que el video no estaba mal. No era muy corto. La imagen era buena, aunque sólo había sonido ambiente, como es lógico. Ellos follaban con ganas. Lo hacían a pleno sol y me preguntaba cuántos les habrían pillado. Hay videos que engañan. Pero ese parecía un video sin trampa ni cartón.
Llamé a Noelia. Ella se colocó entre mis piernas. Pulsé el play. Las prisas y el malhumor hicieron que tardara demasiado en excitarme. Noelia lo hizo bien. Como a mí me gustaba. Despacio, alternando sus chupadas con lamidos y con caricias. Ella también tenía prisa pero estaba muy concentrada en lo que hacía. Yo no. Esa era la diferencia. Cuando el video terminó busque rápidamente otro. Puse el siguiente de la lista. Otra pareja. Pero en su dormitorio. Lo cerré y abrí otro. Él último. No podía perder ni un minuto más. O éste era bueno o tendría que apañármelas como pudiera. La página tardó en cargarse y solté un taco. Noelia no se movía. Levantó la cabeza y me miró preocupada. Pero le acaricié el pelo y volvió a bajar la cabeza. No había parado de tocármela. Pero mi polla estaba al cincuenta por cien. Y ella sabía que no podía hacer mucho más si yo me ponía más nervioso. Por fin empezó el video. Era una orgía. Dos mujeres para cuatro o cinco tíos. No me gustan estos videos porque normalmente se cortan en el mejor momento. O parecen una cosa y luego son otra distinta. Pero éste era bueno. Desde el primer fotograma supe que iba a servir. Era un video vintage. De los sesenta o principios de los setenta. No era amateur, pero era muy hippy, muy espontáneo. Las mujeres lo hacían bien. La imagen no era demasiado nítida pero el sonido era bueno. Los gemidos parecían auténticos. Cerré los ojos e intenté relajarme. Había mirado el reloj del ordenador. Y eso no ayudaba nada. Noelia levantó otra vez la cabeza, me miró fijamente durante un momento y sonrió. La cosa iba bien. Algunas veces ella miraba de reojo los videos y otras veces, cuando yo acababa, ella se sentaba a mi lado, en otra silla, y se hacía una paja mientras los dos mirábamos la pantalla. Eso era lo normal, pero algunas tardes era yo quien se ponía de rodillas, entre sus piernas, y era ella quien veía el video. Tengo que decir que a mí lamer coños no me atrae especialmente. Pero intento hacerlo lo mejor que puedo. “Si vas a hacer algo, mejor hacerlo bien”, es mi lema.
Aquel día no había manera. Yo estaba muy tenso. Empecé a mirar de reojo a Noelia. Pensé que en cualquier momento iba a levantarse, o a preguntarme si quería que lo dejáramos.  Pero bajó la cabeza y volvió a metérsela en la boca. El video terminó. Ya no había tiempo para más. Volví a cerrar los ojos. Noelia chupaba despacio, con ganas. Lo sabía hacer muy bien. Cambiando el ritmo de tanto en tanto, acoplándose a mis estados de ánimo. Me corrí. Me corrí con un largo y potente chorro. Noelia apartó la boca pero no soltó la polla. Ella no pone reparos a casi nada, pero no soporta tragarse el semen. Una vez lo intentó, pero le dieron ganas de vomitar.
Al final, increíblemente, todo había acabado bien. Salió rápidamente de mi casa y casi al momento escuché otra vez su puerta. “Nos hemos librado por poco”, pensé. Su marido es alto y fuerte. Noelia siempre dice que es un trozo de pan, pero yo no me fió.
Aquel día volví a decirme que estaba jugando con fuego. Pero aquello no iba a detenernos. Llevábamos ya mucho tiempo como para poder parar. Ella no pensaba parar, desde luego. Ni yo tampoco… ¿Cómo había empezado todo? Ya casi ni me acordaba. Las primeras veces yo quise hacerle el amor, por supuesto, pero ella se negó en redondo. Y luego le fui cogiendo gusto a otras cosas. Fue algo que sucedió de una manera natural. Yo no le prohibí que hablara, por ejemplo, pero un día Noelia decidió que era mejor que entre los dos no existieran las palabras. Si alguno de los dos tenía que preguntar algo, normalmente bastaba con una mirada o con un gesto, pero para casos extremos utilizábamos el ordenador. Era como una especie de chat. Yo escriba una frase y le cedía los teclados. Y ella escribía la frase siguiente.
Pero antes de eso probamos otras cosas. Ella fue mi Ama durante unas semanas. Y luego intercambiamos los papeles. Aquello estuvo bien al principio, pero luego empezamos a enviarnos e-mails y sms con ordenes que el otro debía cumplir inexorablemente estuviera donde estuviera, y claro, la cosa se nos fue de las manos. Por suerte supimos parar a tiempo. Luego probamos a follar vestidos. Fue una manera de compensarme por mi obediencia y disciplina. Lo más cerca que estuve de tener una relación completa con ella fue cuando aprovechando un momento de descuido le aparté las bragas y acerqué la polla a su coño desprotegido, pero ella reaccionó muy rápido y volvió a poner las bragas en su sitio. No me reprochó nada. Al menos no directamente. Yo me corrí encima de sus bragas y no volví a intentar nada.
Aquel pudo ser el final de nuestra relación. Pero pronto encontramos nuevos juegos. Uno me gustaba especialmente. Ella me mandaba un mensaje y cuando yo lo recibía tenía que llamarla por teléfono. Entonces empezaba a fingir. Hacía como que hablaba con un vendedor. O con su hermana. O con una prima lejana. Yo sabía que su marido estaba en casa y sabía que ella intentaría masturbarse mientras hablaba conmigo. Le decía todas las obscenidades que se me ocurrían y ella contestaba cosas como :“No. La nueva tarifa no me interesa”, pero tan pronto como podía se metía en su habitación, se sentaba en la cama y empezaba a tocarse. Y mientras lo hacía me lo iba contando con todo detalle. Hasta que de repente ella volvía a decir: “No. De verdad. No me interesa”, y yo comprendía que su marido acababa de pasar por el pasillo. Y luego volvíamos a empezar. Y así hasta que por fin ella tenía un orgasmo y yo escuchaba sus jadeos por teléfono, excitado con la idea de que su marido pudiera entrar en la habitación y descubrir lo que estaba haciendo.
Y así habíamos estado durante meses, y yo estaba cada vez más obsesionado. Algunas veces pensaba en parar, en dejarlo estar. Pero luego llegaba el cambio de turno de su marido y todo volvía a empezar…
De manera que esta semana era como todas. Cuando yo creía que no se podía llegar más lejos, ella encontraba un nuevo sendero. Pero en el fondo dábamos vueltas en círculo. Y pese a todo yo deseaba con toda mi alma que la semana no terminara nunca, que al día siguiente ella volviera a aparecer por mi puerta.
Llegó el miércoles. Ya habían pasado tres días casi sin darnos cuenta. Esta tarde no habíamos podido vernos porque ella tenía un compromiso. Yo me había consolado con el ordenador. Pero pensaba en ella. Pensaba en ella de un nodo extraño, recordando un encuentro tras otro, haciendo una especie de recapitulación mental. No era un esfuerzo consciente. Recordaba todas esas cosas mientras hacía la cena. Era tarde. Estaba cansado. Me apetecía sentarme y ver la tele. Pero sabía bien lo que iba a pasar. Sabía que cuando dieran las once me iría corriendo al ordenador. A esas horas ella ya estaría preparada. Estaba impaciente. Y, a diferencia de otras veces, esa tarde sentía un cierto remordimiento, una sensación muy molesta. Me parecía que estaba perdiendo el control… No era la primera vez que pensaba algo así, ni sería la última… Me conocía bien. Sabía que no esperaría ni un minuto. Sabía que aquel día sería como todos. ¿Pero qué podía hacer? La idea había sido mía al fin y al cabo. Aunque partió de un comentario de Noelia. De un comentario trivial, impensado. Habíamos hablado por teléfono y todo había salido bien. Su marido había deambulado por la casa sin sospechar nada. Y ella había tenido uno de esos orgasmos volcánicos que primero parece que te van a hacer saltar por los aires y luego te encienden y te dejan arrasada, devastada, como si un río de lava bullera de tu entrepierna y desde allí se expandiera por toda tu piel. Y entonces, antes de colgar, ella dijo: “¡Ojala me hubieses visto!”. Y yo tuve una idea diabólica…
De eso hacía más de dos meses. Y cada vez iba a peor… Ya no lo hacíamos sólo cuando su marido estaba en casa. Lo hacíamos en cualquier momento, incluso si ese día nos habíamos visto antes. Aquello era insano. Me llenaba la cabeza de pensamientos de una clase que jamás hubiera imaginado que pudiera tener. Yo suelo ser una persona práctica. Pero cuando por fin apagaba el ordenador, la cabeza se me convertía en un nido de murciélagos ruidosos. Todo eran chirridos y oscuridad. Me sorprendía a mí mismo pensando que la Noelia real no estaba mal, pero que la Noelia virtual era increíble. ¿Cómo podía ser tan bobo? ¿Cómo podía excitarme viéndola hacer con su marido lo que no me dejaba hacer a mí?
Ese miércoles, mientras veía la tele para hacer tiempo, decidí que había llegado el momento de hablar con ella. Después miré el reloj, apagué la tele, meé, me cepillé los dientes y me fui al despacho.
Ella encendió la cámara a las 11:08.
Lo primero que vi fue a su marido, sentado en la cama. Él idiota no sospechaba nada. No tenía ni idea de ordenadores. Ni siquiera sabía que podía ser grabado. Noelia era cada día más atrevida. Cuando apareció se colocó inmediatamente encima de él. Yo sólo podía verla de espaldas, pero en un momento dado ella ladeó ligeramente la cabeza y lanzó una rápida mirada hacia el ordenador. Me pareció que sonreía. Aquello era el colmo. Me hice una paja y salí del despacho.
El jueves le envié un e-mail al trabajo.



(Extracto del libro "A Ras de suelo", Ed. Groenlandia, en prensa. Foto del autor)